Plantaciones de lavanda, Plateau de Valensole, Provenza, Francia
© Robert Harding/Shutterstoc
Un mar púrpura. Plantaciones de lavanda, Plateau de Valensole, Provenza, Francia
La meseta de Valensole, en el sureste de Francia, se transforma cada verano en un mar ondulante de lavanda que tiñe el paisaje de púrpura y azul. Entre mediados de junio y principios de julio, sus campos en flor, situados entre los valles del Durance y del Asse y cerca de las Gargantas del Verdon, ofrecen una de las estampas más reconocibles de la Provenza, acompañada de un aroma seco e intensamente mediterráneo.
Más allá de su belleza, la lavanda es un arbusto resistente que crece en tierras soleadas y aromatiza desde hace siglos perfumes, aceites y jabones. Sus flores, ricas en aceites esenciales, atraen a abejas y llenan el aire de un zumbido constante. En España, paisajes como los campos de Brihuega, en Guadalajara, evocan esta misma explosión de color y tradición. Aquí y allí, la lavanda demuestra que la agricultura también puede ser una experiencia profundamente sensorial.
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